
Es hermoso. Gracias, Brisa.
Doctor miriabilis, caelestis et diabilis

Al llegar por las escaleras que conducen a la entrada de la cafetería, lo primero que capta la vista es la pared al fondo del comedor y en medio, un enorme vacío llena de inquietud a quien asciende. A medida que se sube, da la impresión que mesas, floreros, sillas, meseros y comensales emergen del suelo, como si brotaran mágicamente del él. Un cartel, como una lápida blanquecina, da la bienvenida al comensal y anuncia en su camaleónico rostro los platos del día.
La entrada del amplio salón, el comedor con sus mesas alineadas en elegante sesgo, las múltiples bóvedas del techo, la extensa pared de cristal del lado izquierdo y un rincón elevado —a modo de timonel, donde aguardan el almirante—: todo me recuerda la imagen de un barco. Mientras como, me parece que navego en digestiva bolina.
En cubierta, hay dos meseros que, ataviados con nevados mandiles, atienden a toda la tripulación. Es evidente que hay una jerarquía establecida entre ellos, tácita, casi como un secreto, lo cual permite un armonioso servicio. Además, cada uno atiende una mitad del salón con su respectiva dotación de mesas.
Una nave, un capitán.
El primer mesero tiene el cabello corto y duro, semejante a las cerdas de un cepillo; además, entrecano, como un bosque negro que la nieve cubre lentamente. Sus cejas se ciernen sobre sus ojos, como una nube negra de bordes punzantes. Su viejo rostro adusto está surcado por diminutas naves invisibles. Porta un uniforme de servicio de dos piezas: pantalón y chaleco. Y enfundado en su dicromático uniforme, proyecta toda la imagen de un capitán. Pero es, de hecho, un sátrapa.
Un sátrapa de mar.
Al pasar junto a él, me cuadró inmediatamente en ademán de saludo y respeto (según dictan los cánones militares). Me ordena sentarme. Me siento. Me ordena pedirle la comida. Obedezco. Sus preguntas suenan menos a indicación que a petición, y más a orden que a petición. En efecto, no nos dejemos engañar: sus preguntas son una forma distinta de mandar, disfrazada bajo la forma del servicio prestado. Cuando ve a un comensal llegar, le acribilla al instante: “¿Quiere la comida del día?”, lo cual significa: “¡Tome el menú de hoy!”. Y hay que cumplir las órdenes, porque todo desaire a la autoridad abordo puede ser vista como connato de motín.
El segundo mesero no lleva chaleco (como si eso indicase que es subalterno). Su pelo aún es negro (no puede considerársele un capitán). Su carencia de hosquedad la compensa con amable atención, como si pensara enfrentar a su capitán con armas contrarias. No vencer; convencer. Así, su carácter desdice toda severidad militar; incluso podría pensarse que si la cafetería fuera un cálido hogar, a este mesero le tocaría ser una madre benigna y comprensiva. Pero es nada menos que el oficial de puente y cubierta.
Todo se guía bajo el estricto código del mar: ambos hombres de mar pasan lista a vasos, cubiertos, individuales, manteles, platos y servilletas, como si se preparan para una batalla. Ambos llevan los platillos como si entregaran reportes del estado del mar o disposiciones impresas del almirantazgo; racionan el agua, justo el mismo proceder cuando se está en medio de las brillantes dunas azules. Y recogen los platos usados del mismo modo que un excéntrico oficial se aventura a retirar los cuerpos de sus hombres caídos tras una dura refriega sobre cubierta.
En cuanto a la comida, sólo cabe decir una cosa: como la guerra, no siempre se puede ganar. Y las victorias pírricas abundan.
Es un placer ver a este viejo sátrapa ejerciendo aún su autoridad. No conoce otra vida que la del servicio, ni otra voz que la de mando. Cuando termino, pago y dejo propina (no quieto malquistarme con mi sátrapa de mar). Vuelvo a cuadrarme, hago una enérgica venia y salgo con paso firme.
