miércoles 22 de diciembre de 2010

La categoría de los poetas

Joseph Brodsky (1940-1996)


"Language and, presumably, literature are things that are more ancient and inevitable, more durable than any form of social organization. The revulsion, irony, or indifference often expressed by literature toward the state is essentially the reaction of the permanent—better yet, the infinite—against the temporary, against the finite. . . . The real danger for a writer is not so much the possibility (and often the certainty) of persecution on the part of the state, as it is the possibility of finding oneself mesmerized by the state's features which, whether monstrous or undergoing changes for the better, are always temporary."


El siguiente es un fragmento de la transcripción del juicio celebrado en 1964 en contra del poeta Joseph Brodsky, acusado de "parasitismo social", al parecer un cargo grave en la extinta URSS, aunque a decir de Yevgueni Yevtushenko, era un honor para un poeta ser considerado un "Asunto de Estado".
El resultado sería una condena de meses en un campo de trabajos forzados y un eventual exilio (que no fue una búsqueda de asilo, sino una expulsión autoritaria). Pero para un hombre de ascendencia judía, el exilio comenzó desde su nacimiento.
Ni siquiera Kafka hubiera imaginado un proceso como éste.

Судья: Ваш трудовой стаж?

Бродский: Примерно…

Судья: Нас не интересует «примерно»!

Бродский: Пять лет.

Судья: Где вы работали?

Бродский: На заводе. В геологических партиях…

Судья: Сколько вы работали на заводе?

Бродский: Год.

Судья: Кем?

Бродский: Фрезеровщиком.

Судья: А вообще какая ваша специальность?

Бродский: Поэт, поэт-переводчик.

Судья: А кто это признал, что вы поэт? Кто причислил вас к поэтам?

Бродский: Никто. (Без вызова). А кто причислил меня к роду человеческому?

Судья: А вы учились этому?

Бродский: Чему?

Судья: Чтобы быть поэтом? Не пытались кончить вуз, где готовят… где учат…

Бродский: Я не думал… я не думал, что это даётся образованием.

Судья: А чем же?

Бродский: Я думаю, это… (растерянно)… от Бога…

Судья: У вас есть ходатайства к суду?

Бродский: Я хотел бы знать: за что меня арестовали?

Судья: Это вопрос, а не ходатайство.

Бродский: Тогда у меня нет ходатайства.


Y en pobre traducción:

Juez: ¿Su tiempo de servicio?

Brodsky: Fue de aproximadamente….

Juez: No nos interesa un aproximado.

Brodsky: Cinco años.

Juez: ¿En dónde trabajó?

Brodsky: En una fábrica y en expediciones geológicas.

Juez: ¿Qué tiempo trabajó en la fábrica?

Brodsky: Un año.

Juez: ¿En qué?

Brodsky: Como operario del molino.

Juez: Y en general, ¿cuál es su profesión?

Brodsky: Poeta traductor.

Juez: ¿Y quién le dijo que es un poeta? ¿Quién lo incluyó en la categoría de los poetas?

Brodsky: Nadie (sosegado). ¿Quién me incluyó en la categoría de la humanidad?

Juez: ¿Y estudió para esto?

Brodsky: ¿Esto?

Juez: Para ser poeta, ¿no intentó terminar la secundaria, donde lo preparan, donde enseñan?

Brodsky: No pensé…no pensé que esto se pudiera conseguir en la escuela.

Juez: ¿Cómo entonces?

Brodsky: Pienso que viene (confuso)…de Dios.

Juez: ¿Tiene alguna petición para la corte?

Brodsky: Me gustaría saber si por esto fue que me arrestaron.

Juez: Esa es una pregunta, no una petición.

Brodsky: Entonces no tengo peticiones.


jueves 17 de junio de 2010

De ejecuciones

Reescribiré el final de cierta novela existencialista (con perdón de Camus):

“Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me queda esperar que el día de mi ejecución examen profesional haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.”

Después, me abriré paso entre la amable indiferencia del mundo.

jueves 15 de abril de 2010

Convocatoria

He aquí la convocatoria del próximo coloquio. Participen.

viernes 22 de enero de 2010

Visita a una fábrica de amor (venéreo)

Entre la variada flora de la ciudad, caracterizada por altos y fríos edificios, que parecen negar todo asomo de humanidad, y su fauna metálica, que doblega fácilmente la carne, a pesar de carecer de voluntad, se erige a modo de bravata un lugar completamente dedicado al fomento de uno de los placeres más elementales del hombre.
La falta de espacio, sintomática de las grandes ciudades, ha causado serias incomodidades a los amantes. Ya se ha visto que el deseo sexual, si impetuoso, prescinde de la privacidad, no sin cierto riesgo. La intimidad ha tenido que buscarse nuevos espacios, menos expuestos al escarnio y a la detención. De aquí el éxito de estos lugares, que ofrecen lugar y tiempo propicios.
Por mi trabajo, visité uno de estos lugares con el propósito de ver y no de gozar (desafortunadamente). Hay dos entradas: una, discreta y eficaz, conduce a los clientes que vienen en carro rápidamente a la habitación, desde donde se lleva a cabo el registro y el pago. La segunda, hecha para los peatones, pasa necesariamente por la recepción, pequeña y fría. No está hecha para detener al cliente. Miro a la tabla de precios. No puedo evitar reírme con desdén: todo está tasado en un valor que obedece una lógica extraña. También los orgasmos tienen precio.
El gerente, todo menos un Cupido, recibe sonriente a los visitantes, ya no se diga a los clientes. Da algunos datos: cincuenta y nueve habitaciones, repartidas en cinco pisos, dedicadas a contener el arrojo sexual de aquellos que no pueden contenerlo. Y ante una pregunta esperada, se ufana: “Esto no es un hotel de paso; esto es una fábrica de amor.” Ha tenido mucho tiempo para ensayar sus líneas.
Entro al ascensor. Está cubierto de espejos, pero nada indica que se trata de un hotel de paso. Podría tratarse de un hotel cualquiera. Las puertas se abren, inaugurando un pasillo de sobria pero cuidada decoración. El carmesí de las paredes grita, contundente, que el deseo prima aquí. Ya no es cualquier hotel.
Entro a una habitación señorial. Un columpio de madera recibe, quieto y silencioso, al visitante. Su diseño curvo y suave desdice toda connotación pueril que pueda tener, dejando intacto el entretenimiento del que es instrumento. A su lado, hay una pequeña puerta donde, de quererlo y cuidando la privacidad, se reciben alimentos y bebidas. Un elemento notorio es el lecho, centro donde convergen los deseos, y el cual se alza como altar del amor venéreo y profano, cuyo propósito en el descanso ha sido desatendido y ahora se entrega voluptuosamente a la extenuación física de sus ocupantes.
Pero el acto carnal, si se limita a la repetición vectorial, deviene un acto mecánico y frío. Para evadirla, la habitación cuenta con diversas barras y tubos, colocados al pie y por arriba de la cama, sirviendo como ejes donde la libido se balancea, gira y suspende a su antojo. El mismo propósito tienen los espejos, uno de los cuales tiene escritas canciones sugerentes y procaces.
Por último, aquí el agua desempeña funciones primordiales, ya sea que fluya pluviosa o se acumule en la bañera: preludia, estimula, restaura y purifica. Es un elemento sacro, reverenciado. Sin embargo, esta concepción trabaja en ambos sentidos, ya que en su nivel más burdo hay quienes entienden y aún practican el amor en una carnal mecánica de fluidos.
En suma, en esta habitación pueden satisfacerse todos los deseos de un gran señor.
Bajo a la recepción, echo un vistazo al bar y salgo por el lugar indicado. Me alejo unos cuantos pasos y miro la fachada. No es cierto que esto sea una “fábrica de amor”, puesto que no es entendido en toda su completitud. Amar ni siquiera es requisito para entrar aquí. El erotismo es apenas una parte mínima del amor, y muchas veces puede desligarse del mismo para existir per se (a menudo, este tipo de amor inflige una venérea venganza a aquellos cuerpos que le persiguen desmedidamente). Los valores de este lugar son el anonimato, la connivencia, el lucro y el desfogue sensual. Y sólo en este sentido, hay que reconocerlo, cumple su cometido.

jueves 20 de agosto de 2009

Coloquio sobre Joseph Roth

Por fin, después de algunos meses de organización, se lanza la convocatoria para el coloquio sobre Moses Joseph Roth. He aquí el cartel:


Es hermoso. Gracias, Brisa.

sábado 4 de julio de 2009

Instantáneas (experiencia vital)


1. Llegar, ver. La conquista tardará.
2. El brillo seductor de las cosas, las palabras endulzadas en la boca de las personas.
3. Aquel primer ensayo, aquellas primeras incursiones en las letras.
4. Haber tenido que aprender, por segunda vez, a leer y escribir.
5.
Exprimir la potencia de cada firba muscular para robarle aliento al cerebro. De verdad, no pensar no es tan malo si se sabe bien por qué no se hace.
6. Motivo de asombro: leer al final de la carrera un libro leído al principio.
7. Las noches sofocantes del estío, que saltan sobre una como una puta rijosa.
8. Las ateridas noches de quieta y fría soledad, en inverno.
9. El viaje, que en sus inicios, es más que desplazamiento: una traducción.
10. Motivo de asombro: descubrir que la noche es una luz en sí misma.
11. La soledad: amiga y taumaturga.
12. Sumir teclas toda la noche para completar los trabajos del día. Días y noches, noches y días.
13. Lecturas que parecían estar esperándonos, llegadas en momentos en que se necesitaban. Como ser atropellado por una ambulancia.
14. Descrubrimientos hechos en la biblioteca gracias al afán de explorador. Nadie descubre la misma lectura dos veces.
15. Definir a los demás por el espacio que dejan
a nuestro alrededor.
16. Aprender que la oblicuidad del discurso y la austeridad sensitiva evitan adquirir compromisos inanes.
17. Motivo de asombro: la mirada de las personas deja huella en nuestro rostro.
18. A pesar del ejercicio, el vicio del tabaco. Hay que quedar bien con dios y con el diablo.
19. El cansancio de fin de semestre que mastica los miembros y los descoyunta.
20. El placer encontrado en las lecturas no marcadas dentro del programa. Sí, leer también puede ser un ejercicio onanista.
21. Saberse aislado, como un soldado atrapado en líneas enemigas.
22. Las noches de primavera, en donde
ya no tengo que sepultarme bajo las mantas. Puedo yacer como cadáver después de una batalla y dejarme cubrir por el tórrido sopor.
23. Saber que las divisiones entre las estaciones no significan nada, salvo un vano intento por clasificar. El aire y la luz de los días estivales que a muchos les saben a invierno.
24. Dejar de contar los días en líneas, palabras y citas. El avance se mide en convicción de movimiento, no en párrafos.
25. Saber que la ganancia también se mide en pérdidas: personas, lugares.
26. Comprender mucho mejor la dinámica de fluidos en un vaso de alcohol vertido en la sangre que en uno de agua.
27. Y allí donde una luz se desvanence, otra debe encenderse.
28. En el laberinto de las noches pasadas, libertad. ¿Qué me queda de esa noche? Retales de sonrisas, palabras y risas; el sabor a humo de tabaco en la boca y la dulce modorra que deja la cerveza; una charla llena de finas percepciones.
29. Labios de carne y de piedra intentan comprarme con la esperanza de algo mejor. Su silencio es el de piedras apiladas.
30. Y, sin embargo, pienso: que vengan esas cosas mejores y, como una furiosa ola, laven todo a su paso.

Me convenzo: lo importante es no perder la capacidad de asombro. Por eso, los dejo con un avance (ya todos usan el insípido anglicismo trailer) de
Fövenyóra (2007), dirigida por Tolnai Szabolcs, filme basado en la novela El reloj de arena, de Danilo Kiš (se pronuncia "Kish")



Una delicia visual. En verdad.

sábado 6 de junio de 2009

En la cafetería del CUC


Al llegar por las escaleras que conducen a la entrada de la cafetería, lo primero que capta la vista es la pared al fondo del comedor y en medio, un enorme vacío llena de inquietud a quien asciende. A medida que se sube, da la impresión que mesas, floreros, sillas, meseros y comensales emergen del suelo, como si brotaran mágicamente del él. Un cartel, como una lápida blanquecina, da la bienvenida al comensal y anuncia en su camaleónico rostro los platos del día.

La entrada del amplio salón, el comedor con sus mesas alineadas en elegante sesgo, las múltiples bóvedas del techo, la extensa pared de cristal del lado izquierdo y un rincón elevado a modo de timonel, donde aguardan el almirante: todo me recuerda la imagen de un barco. Mientras como, me parece que navego en digestiva bolina.

En cubierta, hay dos meseros que, ataviados con nevados mandiles, atienden a toda la tripulación. Es evidente que hay una jerarquía establecida entre ellos, tácita, casi como un secreto, lo cual permite un armonioso servicio. Además, cada uno atiende una mitad del salón con su respectiva dotación de mesas.

Una nave, un capitán.

El primer mesero tiene el cabello corto y duro, semejante a las cerdas de un cepillo; además, entrecano, como un bosque negro que la nieve cubre lentamente. Sus cejas se ciernen sobre sus ojos, como una nube negra de bordes punzantes. Su viejo rostro adusto está surcado por diminutas naves invisibles. Porta un uniforme de servicio de dos piezas: pantalón y chaleco. Y enfundado en su dicromático uniforme, proyecta toda la imagen de un capitán. Pero es, de hecho, un sátrapa.

Un sátrapa de mar.

Al pasar junto a él, me cuadró inmediatamente en ademán de saludo y respeto (según dictan los cánones militares). Me ordena sentarme. Me siento. Me ordena pedirle la comida. Obedezco. Sus preguntas suenan menos a indicación que a petición, y más a orden que a petición. En efecto, no nos dejemos engañar: sus preguntas son una forma distinta de mandar, disfrazada bajo la forma del servicio prestado. Cuando ve a un comensal llegar, le acribilla al instante: “¿Quiere la comida del día?”, lo cual significa: “¡Tome el menú de hoy!”. Y hay que cumplir las órdenes, porque todo desaire a la autoridad abordo puede ser vista como connato de motín.

El segundo mesero no lleva chaleco (como si eso indicase que es subalterno). Su pelo aún es negro (no puede considerársele un capitán). Su carencia de hosquedad la compensa con amable atención, como si pensara enfrentar a su capitán con armas contrarias. No vencer; convencer. Así, su carácter desdice toda severidad militar; incluso podría pensarse que si la cafetería fuera un cálido hogar, a este mesero le tocaría ser una madre benigna y comprensiva. Pero es nada menos que el oficial de puente y cubierta.

Todo se guía bajo el estricto código del mar: ambos hombres de mar pasan lista a vasos, cubiertos, individuales, manteles, platos y servilletas, como si se preparan para una batalla. Ambos llevan los platillos como si entregaran reportes del estado del mar o disposiciones impresas del almirantazgo; racionan el agua, justo el mismo proceder cuando se está en medio de las brillantes dunas azules. Y recogen los platos usados del mismo modo que un excéntrico oficial se aventura a retirar los cuerpos de sus hombres caídos tras una dura refriega sobre cubierta.

En cuanto a la comida, sólo cabe decir una cosa: como la guerra, no siempre se puede ganar. Y las victorias pírricas abundan.

Es un placer ver a este viejo sátrapa ejerciendo aún su autoridad. No conoce otra vida que la del servicio, ni otra voz que la de mando. Cuando termino, pago y dejo propina (no quieto malquistarme con mi sátrapa de mar). Vuelvo a cuadrarme, hago una enérgica venia y salgo con paso firme.

domingo 10 de mayo de 2009

Algunas observaciones en torno a la epidemia

1. Salgo a la calle ¿y qué veo? Una multitud de personas portando tapabocas variopintos. Sí: el miedo se posa sobre todos, como una bandera azul izada para marca un lugar. El miedo en la ciudad de México es ahora una higiénica mordaza "recomendada" por el gobierno. No hay poder como el miedo.
2. La gente, en su encierro, ha liberado el fantasma del espacio en la ciudad. Ahora, curiosamente, el espacio vacío se impone, amenazador.
3. La mordaza obliga a todos a llevar una vida contemplativa: ver y escuchar, actividades pasivas, tal como un hato de reses esperando ser masacradas. Es macabramente divertido el juego de palabras: república significa res publica, (asunto de todos). La epidemia también tiene alcances semántico-nacionales: de república bananera pasamos a una república de reses.
4. Diríase que lo peor de la espera es la incertidumbre. Y peor aún que la incertidumbre, la confirmación del temor. Ahora nótese la paradoja: es cuando todo está perdido cuando nos sentimos más ligeros, totalmente liberados.
5. El instinto gregario debe se encerrado también. Besos, caricias, abrazos: todo contacto está proscrito ("se recomienda no..." es el eufemismo del gobierno). Ávidos de contacto, los habitantes de la ciudad de México ven perdida aquella prerrogativa que es ejercida en todos lados, incluso involuntariamente (como en el transporte público). El contacto, otrora calidez, es ahora ocasión de sospecha.
6. Tenía razón quien dijo alguna vez "México es un padecimiento." Ahora, esas palabras cobran una inusitada fuerza (similar al de un repunte de una epidemia), con lo cual ser mexicano implica una cierta patología, al menos en el ámbito internacional. Es decir, ser mexicano es ser un apestado. Ahora, junto con mitologías (en el sentido barthesiano) como el tequila, el mariachi, los narcos, los sombrerudos sentados junto al nopal, se encuentra la ya mundial gripe, que algunos diarios galos tildaron como "gripe mexicana." La nación, que tan pobremente subsiste de sus importaciones, puede vanagloriarse de tener por fin un producto de amplia exportación que a vuelve locos a millones (literalmente).
7. Después de los poco claros manejos de cifras en torno a los pacientes con A/H1N1, da la impresión de que el único experto en epidemias es la epidemia misma.
8. No hay que engañarse pensando que es sólo una epidemia; más bien ésta es una de muchas. Y lo peor será tener que soportar a dos de sus mutaciones más repugnantes: la epidemia que corre paralela en los medios y la epidemia de las elecciones.
9. Contar uno de las tantos chistes sobre la epidemia tendrá un efecto distinto si se lo hace con tapabocas. Una sonrisa ya no bastará, pues está cubierta; en cambio, la risa es sólo nerviosa confirmación del temor.

Muchos otros bloggers ya han elaborado listas y listas con un sabor endiabladamente apocalíptico de películas sobre epidemias. Y ahora, para dar un giro literario y para documentar nuestra patología, invito al lector a mandar sus sugerencias para elaborar una lista de lecturas que tengan que ver con alguna epidemia, que aquí románticamente denominamos peste. Estas son las que de pronto recordé:

Narrativa:
1. La peste, Albert Camus
2. El Decamerón, Giovanni Bocaccio
3. Diario del año de la peste, Daniel Defoe
4. La máscara de la muerte roja, Edgar A. Poe.
5. Dracula, Bram Stoker
6. Pedro Páramo, Juan Rulfo
7. La Biblia (¿Jebús?)
8. Las moscas, Jean-Paul Sartre
9. ¡Vámonos con Pancho Villa!, Rafael F. Muñoz

Poesía:
1. "The Fall of Rome", W. H. Auden
2. "Be merry", Anónimo.
3. "In Time of Pestilence", Thomas Nashe
4. La Iliada, Homero.
5. Spoon River Anthology, Edgar Lee Masters

sábado 21 de marzo de 2009

Un apolítico vende su voto

A los candidatos a diputados federales
A los partidos políticos (PRI, PAN, PRD)
Al público en general:


En vista del evidente fracaso de las instituciones encargadas del sufragio en los comicios del 2006 y de las cuales el autor de estas líneas quedó desencantado, aunado a las poco decentes y francamente estúpidas declaraciones de la (sub)clase política y con motivo de las próxima elecciones federales (en las que no deseo en modo alguno participar y para reivindicar el derecho a apartarme y criticar desde el seguro refugio de la crítica) les hago constar que deseo vender mi voto. Sí, deseo dárselo al mejor postor.
¡Oh, lector! Ha leído usted bien. La legislación en materia electoral prohibe terminantemente hacer proselitismo lucrando con las necesidades del pueblo, pero ¿y si esa acción fuera del todo voluntaria, producto de una seria meditación por parte de un sujeto de ese pueblo? ¿No sería levantar el velo de estulticia, terminar una larga serie de hipocresías institucionales?, ¿No sería admitir el verdadero modo en que se hacen las cosas, (esto es, a la mexicana)?
Pero, ¿qué razones argüir para justificar esta postura que, siendo totalmente apolítica, acaso resulte lo más político que hay? Participar en un sistema cerrado, es decir, hacer valor una libertad constreñida por condiciones que no controlamos, y que está atada a fuerzas que ni siquiera imaginamos es absurdo. En todo caso, el sufragio es una falsa sensación de participación, de certeza y de seguridad (en cierto modo, como el que da un tapabocas y dos o tres antiviralitos ineficientes ante una epidemia). Siento una pena inconmensurable por los muertos de la revolución. ¿Con qué cara les diremos que la única tierra que ganaron fue la de su tumba y que las únicas elecciones justas son las que no se ejecutan?
Todo esto asemeje a un violento e indeseable cortejo (pongamos por caso), pues las campañas se basan en el acoso sistemático: día y noche el bombardeo mediático nos asedia, y su fuerzqa no consiste en sólidos argumentos sino en la desgastante repetición. Es una guerra por desgaste; pero vencer no es convencer. Sería ingenuo pensar que la clase política en verdad nuestras opiniones. En realidad, sólo quieren nuestros votos (como seductor ávido de vírgenes). Ni ideas, ni participación ni diálogo (¡qué gastada suena esa palabra!).
¿Por qué anular nuestro voto cuando podemos sacar algún provecho? Los partidos tienen el dinero; nosotros, los votos. Un intercambio entre ambos es la mejor forma de diálogo material (diálogo a fin de cuentas). No vendo mi conciencia, no: más bien mi determinación es un intenso producto de la misma. Tasar sólo la acción. Quien diga lo contrario, se engaña.
Dicho todo esto, no doy señas particulares. Los politiquillos se dan sus mañas, por lo que confío en su habilidad para encontrarme.