jueves 20 de agosto de 2009

Coloquio sobre Joseph Roth

Por fin, después de algunos meses de organización, se lanza la convocatoria para el coloquio sobre Moses Joseph Roth. He aquí el cartel:


Es hermoso. Gracias, Brisa.

sábado 4 de julio de 2009

Instantáneas (experiencia vital)


1. Llegar, ver. La conquista tardará.
2. El brillo seductor de las cosas, las palabras endulzadas en la boca de las personas.
3. Aquel primer ensayo, aquellas primeras incursiones en las letras.
4. Haber tenido que aprender, por segunda vez, a leer y escribir.
5.
Exprimir la potencia de cada firba muscular para robarle aliento al cerebro. De verdad, no pensar no es tan malo si se sabe bien por qué no se hace.
6. Motivo de asombro: leer al final de la carrera un libro leído al principio.
7. Las noches sofocantes del estío, que saltan sobre una como una puta rijosa.
8. Las ateridas noches de quieta y fría soledad, en inverno.
9. El viaje, que en sus inicios, es más que desplazamiento: una traducción.
10. Motivo de asombro: descubrir que la noche es una luz en sí misma.
11. La soledad: amiga y taumaturga.
12. Sumir teclas toda la noche para completar los trabajos del día. Días y noches, noches y días.
13. Lecturas que parecían estar esperándonos, llegadas en momentos en que se necesitaban. Como ser atropellado por una ambulancia.
14. Descrubrimientos hechos en la biblioteca gracias al afán de explorador. Nadie descubre la misma lectura dos veces.
15. Definir a los demás por el espacio que dejan
a nuestro alrededor.
16. Aprender que la oblicuidad del discurso y la austeridad sensitiva evitan adquirir compromisos inanes.
17. Motivo de asombro: la mirada de las personas deja huella en nuestro rostro.
18. A pesar del ejercicio, el vicio del tabaco. Hay que quedar bien con dios y con el diablo.
19. El cansancio de fin de semestre que mastica los miembros y los descoyunta.
20. El placer encontrado en las lecturas no marcadas dentro del programa. Sí, leer también puede ser un ejercicio onanista.
21. Saberse aislado, como un soldado atrapado en líneas enemigas.
22. Las noches de primavera, en donde
ya no tengo que sepultarme bajo las mantas. Puedo yacer como cadáver después de una batalla y dejarme cubrir por el tórrido sopor.
23. Saber que las divisiones entre las estaciones no significan nada, salvo un vano intento por clasificar. El aire y la luz de los días estivales que a muchos les saben a invierno.
24. Dejar de contar los días en líneas, palabras y citas. El avance se mide en convicción de movimiento, no en párrafos.
25. Saber que la ganancia también se mide en pérdidas: personas, lugares.
26. Comprender mucho mejor la dinámica de fluidos en un vaso de alcohol vertido en la sangre que en uno de agua.
27. Y allí donde una luz se desvanence, otra debe encenderse.
28. En el laberinto de las noches pasadas, libertad. ¿Qué me queda de esa noche? Retales de sonrisas, palabras y risas; el sabor a humo de tabaco en la boca y la dulce modorra que deja la cerveza; una charla llena de finas percepciones.
29. Labios de carne y de piedra intentan comprarme con la esperanza de algo mejor. Su silencio es el de piedras apiladas.
30. Y, sin embargo, pienso: que vengan esas cosas mejores y, como una furiosa ola, laven todo a su paso.

Me convenzo: lo importante es no perder la capacidad de asombro. Por eso, los dejo con un avance (ya todos usan el insípido anglicismo trailer) de
Fövenyóra (2007), dirigida por Tolnai Szabolcs, filme basado en la novela El reloj de arena, de Danilo Kiš (se pronuncia "Kish")



Una delicia visual. En verdad.

viernes 12 de junio de 2009

Líneas inspiradas en una fotografía de Joseph Roth (a modo de reivindicación)


In periculo securitas.

De pronto, aparece tu fotografía en medio de tus palabras, un susurro a dos tonos. Miro y remiro aquella imagen tratando de adivinar los contornos del hombre.

Aquella mirada suave, dócil, casi animal, parecía observar el frío y duro eco de tu época, que se movía, ágil y sombrío, como un cuchillo de carnicero.

Pero no veías; escuchabas, con soberbio oído melómano, el ensordecedor escándalo del tiempo.

Oíste las sonoras fracturas del Imperio cuando todos celebraban su fatua unidad. Y peleaste por él, blandiendo precarias armas, con la fuerza que sólo da la desesperación.

¿Y quién eras tú sino un poeta cautivo en la prosa efímera?

Expresaste, con nostálgica tinta, las ficciones sobre un mundo cubierto por el ayer, cuya ausencia te infligía orfandad.

Venciste la caducidad del lenguaje periodístico y aventuraste inflamables profecías en el polvorín de tu época.

Y con ello rasgaste la piel de la crónica, en toda su extensa fugacidad, para descubrir cómo se gestaba el futuro.

Rodeado de penumbras, vaticinaste el fulgor de las futuras hogueras de libros, hombres, justo antes de que el alcohol se embriagara con tu sangre.

Y después del derrumbe, tus obras se convirtieron en el canto que se escucha entre las ruinas.

Te permitiste el grito de Casandra.

Pero olvidaste, en tu amarga desesperación, que la maldición de Casandra no recayó entera sobre ella, sino en los hombres que le sobrevivieron.


***
Pronto, más sobre Joseph Roth...

sábado 6 de junio de 2009

En la cafetería del CUC


Al llegar por las escaleras que conducen a la entrada de la cafetería, lo primero que capta la vista es la pared al fondo del comedor y en medio, un enorme vacío llena de inquietud a quien asciende. A medida que se sube, da la impresión que mesas, floreros, sillas, meseros y comensales emergen del suelo, como si brotaran mágicamente del él. Un cartel, como una lápida blanquecina, da la bienvenida al comensal y anuncia en su camaleónico rostro los platos del día.

La entrada del amplio salón, el comedor con sus mesas alineadas en elegante sesgo, las múltiples bóvedas del techo, la extensa pared de cristal del lado izquierdo y un rincón elevado a modo de timonel, donde aguardan el almirante: todo me recuerda la imagen de un barco. Mientras como, me parece que navego en digestiva bolina.

En cubierta, hay dos meseros que, ataviados con nevados mandiles, atienden a toda la tripulación. Es evidente que hay una jerarquía establecida entre ellos, tácita, casi como un secreto, lo cual permite un armonioso servicio. Además, cada uno atiende una mitad del salón con su respectiva dotación de mesas.

Una nave, un capitán.

El primer mesero tiene el cabello corto y duro, semejante a las cerdas de un cepillo; además, entrecano, como un bosque negro que la nieve cubre lentamente. Sus cejas se ciernen sobre sus ojos, como una nube negra de bordes punzantes. Su viejo rostro adusto está surcado por diminutas naves invisibles. Porta un uniforme de servicio de dos piezas: pantalón y chaleco. Y enfundado en su dicromático uniforme, proyecta toda la imagen de un capitán. Pero es, de hecho, un sátrapa.

Un sátrapa de mar.

Al pasar junto a él, me cuadró inmediatamente en ademán de saludo y respeto (según dictan los cánones militares). Me ordena sentarme. Me siento. Me ordena pedirle la comida. Obedezco. Sus preguntas suenan menos a indicación que a petición, y más a orden que a petición. En efecto, no nos dejemos engañar: sus preguntas son una forma distinta de mandar, disfrazada bajo la forma del servicio prestado. Cuando ve a un comensal llegar, le acribilla al instante: “¿Quiere la comida del día?”, lo cual significa: “¡Tome el menú de hoy!”. Y hay que cumplir las órdenes, porque todo desaire a la autoridad abordo puede ser vista como connato de motín.

El segundo mesero no lleva chaleco (como si eso indicase que es subalterno). Su pelo aún es negro (no puede considerársele un capitán). Su carencia de hosquedad la compensa con amable atención, como si pensara enfrentar a su capitán con armas contrarias. No vencer; convencer. Así, su carácter desdice toda severidad militar; incluso podría pensarse que si la cafetería fuera un cálido hogar, a este mesero le tocaría ser una madre benigna y comprensiva. Pero es nada menos que el oficial de puente y cubierta.

Todo se guía bajo el estricto código del mar: ambos hombres de mar pasan lista a vasos, cubiertos, individuales, manteles, platos y servilletas, como si se preparan para una batalla. Ambos llevan los platillos como si entregaran reportes del estado del mar o disposiciones impresas del almirantazgo; racionan el agua, justo el mismo proceder cuando se está en medio de las brillantes dunas azules. Y recogen los platos usados del mismo modo que un excéntrico oficial se aventura a retirar los cuerpos de sus hombres caídos tras una dura refriega sobre cubierta.

En cuanto a la comida, sólo cabe decir una cosa: como la guerra, no siempre se puede ganar. Y las victorias pírricas abundan.

Es un placer ver a este viejo sátrapa ejerciendo aún su autoridad. No conoce otra vida que la del servicio, ni otra voz que la de mando. Cuando termino, pago y dejo propina (no quieto malquistarme con mi sátrapa de mar). Vuelvo a cuadrarme, hago una enérgica venia y salgo con paso firme.

domingo 10 de mayo de 2009

Algunas observaciones en torno a la epidemia

1. Salgo a la calle ¿y qué veo? Una multitud de personas portando tapabocas variopintos. Sí: el miedo se posa sobre todos, como una bandera azul izada para marca un lugar. El miedo en la ciudad de México es ahora una higiénica mordaza "recomendada" por el gobierno. No hay poder como el miedo.
2. La gente, en su encierro, ha liberado el fantasma del espacio en la ciudad. Ahora, curiosamente, el espacio vacío se impone, amenazador.
3. La mordaza obliga a todos a llevar una vida contemplativa: ver y escuchar, actividades pasivas, tal como un hato de reses esperando ser masacradas. Es macabramente divertido el juego de palabras: república significa res publica, (asunto de todos). La epidemia también tiene alcances semántico-nacionales: de república bananera pasamos a una república de reses.
4. Diríase que lo peor de la espera es la incertidumbre. Y peor aún que la incertidumbre, la confirmación del temor. Ahora nótese la paradoja: es cuando todo está perdido cuando nos sentimos más ligeros, totalmente liberados.
5. El instinto gregario debe se encerrado también. Besos, caricias, abrazos: todo contacto está proscrito ("se recomienda no..." es el eufemismo del gobierno). Ávidos de contacto, los habitantes de la ciudad de México ven perdida aquella prerrogativa que es ejercida en todos lados, incluso involuntariamente (como en el transporte público). El contacto, otrora calidez, es ahora ocasión de sospecha.
6. Tenía razón quien dijo alguna vez "México es un padecimiento." Ahora, esas palabras cobran una inusitada fuerza (similar al de un repunte de una epidemia), con lo cual ser mexicano implica una cierta patología, al menos en el ámbito internacional. Es decir, ser mexicano es ser un apestado. Ahora, junto con mitologías (en el sentido barthesiano) como el tequila, el mariachi, los narcos, los sombrerudos sentados junto al nopal, se encuentra la ya mundial gripe, que algunos diarios galos tildaron como "gripe mexicana." La nación, que tan pobremente subsiste de sus importaciones, puede vanagloriarse de tener por fin un producto de amplia exportación que a vuelve locos a millones (literalmente).
7. Después de los poco claros manejos de cifras en torno a los pacientes con A/H1N1, da la impresión de que el único experto en epidemias es la epidemia misma.
8. No hay que engañarse pensando que es sólo una epidemia; más bien ésta es una de muchas. Y lo peor será tener que soportar a dos de sus mutaciones más repugnantes: la epidemia que corre paralela en los medios y la epidemia de las elecciones.
9. Contar uno de las tantos chistes sobre la epidemia tendrá un efecto distinto si se lo hace con tapabocas. Una sonrisa ya no bastará, pues está cubierta; en cambio, la risa es sólo nerviosa confirmación del temor.

Muchos otros bloggers ya han elaborado listas y listas con un sabor endiabladamente apocalíptico de películas sobre epidemias. Y ahora, para dar un giro literario y para documentar nuestra patología, invito al lector a mandar sus sugerencias para elaborar una lista de lecturas que tengan que ver con alguna epidemia, que aquí románticamente denominamos peste. Estas son las que de pronto recordé:

Narrativa:
1. La peste, Albert Camus
2. El Decamerón, Giovanni Bocaccio
3. Diario del año de la peste, Daniel Defoe
4. La máscara de la muerte roja, Edgar A. Poe.
5. Dracula, Bram Stoker
6. Pedro Páramo, Juan Rulfo
7. La Biblia (¿Jebús?)
8. Las moscas, Jean-Paul Sartre
9. ¡Vámonos con Pancho Villa!, Rafael F. Muñoz

Poesía:
1. "The Fall of Rome", W. H. Auden
2. "Be merry", Anónimo.
3. "In Time of Pestilence", Thomas Nashe
4. La Iliada, Homero.
5. Spoon River Anthology, Edgar Lee Masters

sábado 21 de marzo de 2009

Un apolítico vende su voto

A los candidatos a diputados federales
A los partidos políticos (PRI, PAN, PRD)
Al público en general:


En vista del evidente fracaso de las instituciones encargadas del sufragio en los comicios del 2006 y de las cuales el autor de estas líneas quedó desencantado, aunado a las poco decentes y francamente estúpidas declaraciones de la (sub)clase política y con motivo de las próxima elecciones federales (en las que no deseo en modo alguno participar y para reivindicar el derecho a apartarme y criticar desde el seguro refugio de la crítica) les hago constar que deseo vender mi voto. Sí, deseo dárselo al mejor postor.
¡Oh, lector! Ha leído usted bien. La legislación en materia electoral prohibe terminantemente hacer proselitismo lucrando con las necesidades del pueblo, pero ¿y si esa acción fuera del todo voluntaria, producto de una seria meditación por parte de un sujeto de ese pueblo? ¿No sería levantar el velo de estulticia, terminar una larga serie de hipocresías institucionales?, ¿No sería admitir el verdadero modo en que se hacen las cosas, (esto es, a la mexicana)?
Pero, ¿qué razones argüir para justificar esta postura que, siendo totalmente apolítica, acaso resulte lo más político que hay? Participar en un sistema cerrado, es decir, hacer valor una libertad constreñida por condiciones que no controlamos, y que está atada a fuerzas que ni siquiera imaginamos es absurdo. En todo caso, el sufragio es una falsa sensación de participación, de certeza y de seguridad (en cierto modo, como el que da un tapabocas y dos o tres antiviralitos ineficientes ante una epidemia). Siento una pena inconmensurable por los muertos de la revolución. ¿Con qué cara les diremos que la única tierra que ganaron fue la de su tumba y que las únicas elecciones justas son las que no se ejecutan?
Todo esto asemeje a un violento e indeseable cortejo (pongamos por caso), pues las campañas se basan en el acoso sistemático: día y noche el bombardeo mediático nos asedia, y su fuerzqa no consiste en sólidos argumentos sino en la desgastante repetición. Es una guerra por desgaste; pero vencer no es convencer. Sería ingenuo pensar que la clase política en verdad nuestras opiniones. En realidad, sólo quieren nuestros votos (como seductor ávido de vírgenes). Ni ideas, ni participación ni diálogo (¡qué gastada suena esa palabra!).
¿Por qué anular nuestro voto cuando podemos sacar algún provecho? Los partidos tienen el dinero; nosotros, los votos. Un intercambio entre ambos es la mejor forma de diálogo material (diálogo a fin de cuentas). No vendo mi conciencia, no: más bien mi determinación es un intenso producto de la misma. Tasar sólo la acción. Quien diga lo contrario, se engaña.
Dicho todo esto, no doy señas particulares. Los politiquillos se dan sus mañas, por lo que confío en su habilidad para encontrarme.

lunes 22 de diciembre de 2008

De nuevo

Para Lidia
estas son las últimas cosas, las últimas tomas. Un año de miradas cristalizadas.

Balanceo fatal

La muerte chiquita

Intimidad


Las arterias de la colmena

Escamas dentadas
De la serie "Reflejos"
A un lado de la catedral

De la serie "En la ciudad de las sombras largas"
De la serie "En la ciudad de las sombras largas"




viernes 12 de diciembre de 2008

On Yeats

Damn. I chose Yeats's poetry as topic for my titulation work. My enthusiasm somewhat faded away, as I began to find the difficulties, the constant contradictions, the insoluble enigmas. Confusion: that word perfectly defines much of Yeats poetical universe, even if you don't take into account his occultist inclinations (impossible, if your writing a serious paper on him).
I wish there were ways to understand his poetry, his various images, his symbols. Anyone with some interest on Yeats surely knows that the critical bibliography at hand is almost scarce and a good deal of it was written more than thirty years ago. Such perspectives are depressing, certainly I can't be demanding. Being at my wits end, I'd settle for any information:




But I didn't expect this...
Anyway, to grasp Yeat's poems (whatever that means) I read them out loud, but there 's some fine essence I couldn't get altogether. Is it my mexican accent? What if I could read with authentic and astonishing brogues? With no possibility by the moment to learn the irish accent, I looked for it in the internet, which yielded some interesting (not to say stupefying) results:




"My, what fine lookin' po-tay-toes!"
Please, tell me Yeats didn't talk that way...

domingo 7 de diciembre de 2008

Tenía

razón Wolfgang Sofsky cuando afirmaba que toda persona que es víctima de la violencia (ataque, asalto, secuestro o tortura) sufre una muerte espiritual: el mundo ya no es un lugar seguro. Su seguridad anterior se quiebra, se derrumba estrepitosamente. En su fuero interno todo es dolor, aflicción, desazoro.

Por favor, que su dolor, el de Octavio, sirva también para confortarlo, para hacerlo fuerte. Ha sido arrastrado a un mundo que antes sólo conocía por el dolor de otros. Y su dolor me duele, me arranca el corazón.

jueves 30 de octubre de 2008

Multiplicidad



Posibles pies de foto:

"Discurso inaugural del primer congreso solipsista"
"Adrián y sus bandidos"
"La próxima vez que vaya a un coloquio, llevaré refuerzos..."
"--¿Quién va a leer primero?
--No, pos a lo mejor el de saco claro."
"No fui yo; fue el de a lado"
"Hablando sobre la otredad"
"Yo le hice caso a Reznor: 'There is no you, there is only me...'"
"César, Adrián, y sus rufianes"
"¿Dijeron que el 'Yo' no se podía dividir?"
"La multiplicidad del ser"
"Los teóricos contra el fabulador"
"El hombre de la multitud"
"Los fabuladores contra el teórico"
"A todos los veo como yo"
"--¿Sobre qué versó la ponencia?
--Sabrá Dios; todas se parecían"